Venezuela, el niño rico de América Latina

Venezuela, el niño rico de América Latina

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Para muchos observadores externos, e internos también, Venezuela es terriblemente difícil de entender. Para algunos es una utopía socialista; para otros, una dictadura. Ninguna de estas descripciones resume de una forma completa, o útil, cómo un país con las reservas más grandes de petróleo también padece una escasez de papel higiénico. Así que presento otro punto de vista.

Si eliminamos el componente ideológico, Venezuela es un niño rico mimado con hábitos perniciosos: ampuloso, confundido, gastando más de lo que tiene, adicto a los ingresos de petróleo y en negación con respecto a esta adicción. ¿Le parece absurdo? Si usted tuviera US$3 billones de reservas petroleras en su cuenta privada podría terminar igual.

Venezuela, como muchos casos disfuncionales de su tipo, padece de poco sentido de la realidad. Siempre ha tenido este problema. Durante el shock a los precios del petróleo en la década del 70, los milagrosamente inflados ingresos petroleros crearon durante un breve tiempo el desbordado consumismo y los faraónicos sueños de la “Gran Venezuela”. La visión panamericanista de Chávez, la “Revolución Bolivariana”, es tan sólo su más reciente ilusión vana.

Sin embargo, Venezuela, como todos los niños ricos echados a perder, también tiene despertares sobrios periódicos, en especial cuando lo ordenan quienes supervisan su dinero (en este caso el Fondo Monetario Internacional). Entonces dicen que es hora de organizar las cuentas, vender el carro deportivo y aterrizar.

Para todo adicto hay un momento doloroso cuando, si quieren dejar el vicio, deben realizar una autorreflexión estricta y asistir a difíciles reuniones de 12 pasos (en el argot se llaman “planes de ajuste estructural”). Venezuela ha tenido dos episodios de este tipo, en 1989 y en 1996. Sin embargo, sus duras realidades pueden llevar al adicto a perder el rumbo y terminar en otra racha de consumo. Al día siguiente generalmente hay culpa, un sentido de desesperanza y pérdida de estatus: las condiciones ideales para la trascendencia religiosa.

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