Alemania y Brasil, una relación de ida y vuelta

Alemania y Brasil, una relación de ida y vuelta

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Alemania necesitaba los tres puntos contra Ghana para seguir viva en la Copa Mundial de la FIFA 2010™. En vísperas de un choque crucial, su seleccionador, Joachim Loew, no podía contar con el sancionado Miroslav Klose en el sector ofensivo. ¿A quién recurriría?

En una situación semejante, si retrocediésemos diez o veinte años en el tiempo, ¿qué posibilidades habría de ver un nombre como el de Claudemir Jerônimo Barreto, Cacau, en la alineación del Nationalelf? Los más tradicionalistas quizás se limitasen a decir que no tenía el menor sentido. Pero, en Sudáfrica, ésa era la realidad con que se topó el entrenador, quien optó por situar a este brasileño en la punta de ataque.

Además de la extrañeza que produce ver un alemán apellidado Barreto, hay que considerar la distancia geográfica y cultural que separa a estos dos países. Sin olvidar que son dos de los más laureados de la historia del fútbol. No cabe duda de que es una combinación bastante improbable.

Pero ¿y si dijésemos que hace tiempo, a principios del siglo XX, una de las estrellas del fútbol brasileño era un jugador natural de Hamburgo, que respondía al nombre de Hermann Friese? ¿Y que ese mismo futbolista de talento vestía los colores del Sport Club Germânia? El mismo club que, años más tarde, daría a conocer al primer astro genuinamente brasileño, ¡llamado Friedenreich!

Siendo así, la alineación de Cacau suena mucho menos extraña. Incluso parece una especie de ajuste de cuentas entre estas dos grandes potencias del deporte rey. Es lo que investigamos al analizar los vínculos históricos que unen a Alemania y Brasil, con las canchas como hilo conductor.

Los colonos
La inmigración alemana al país organizador de la Copa Mundial de la FIFA 2014™ se intensificó a partir de la segunda década del siglo XIX, siguiendo un flujo intenso de europeos que buscaban labrarse un porvenir en Sudamérica. Los mayores grupos de población de Brasil tienen sin duda origen latino, pero, en una nación que actualmente suma 200 millones de personas, la presencia de descendientes de alemanes también resulta significativa, especialmente en la región Sur, en la que no tardaron en asentarse. Esa zona no sólo ofrecía un clima más benigno, sino que también demandaba una mayor ocupación, algo estratégico para defender un territorio constantemente amenazado por invasiones, ya sea de países europeos o de vecinos continentales.

A partir de São Leopoldo, en el Vale dos Sinos (Rio Grande do Sul), los inmigrantes fueron extendiéndose, y fundaron, entre muchas otras localidades, Novo Hamburgo, Teutônia, Blumenau (que tiene su propia Oktoberfest, a la que acuden más de medio millón de personas cada año) y Pomerode, pequeña ciudad del estado de Santa Catarina cuya población es en su mayoría bilingüe, en portugués y pomerano, uno de los dialectos propios de los germanobrasileños, como el Hunsrückisch. Por no hablar, claro está, de las variantes surgidas del contacto con los demás habitantes de Brasil.

En esas ciudades, al igual que ocurrió con los italianos en São Paulo, los alemanes también tuvieron un papel fundamental y pionero en la difusión del fútbol. Los clubes surgían como factor de unidad para los colonos. De ahí la creación, por ejemplo, del Sport Club Rio Grande, el 19 de julio de 1900. De los clubes dedicados específicamente al fútbol, es el más longevo de Brasil, y ahora compite en la segunda división de la liga de Rio Grande do Sul. El Rio Grande tenía entusiastas como Christian Moritz Minnemann y Richard Völkers, y actas redactadas en alemán.

¿Arte o potencia?
Más al norte, el Sport Club Germânia se fundó en São Paulo, la ciudad más populosa del país. No era una institución dedicada exclusivamente al fútbol, pero también hizo rodar el balón muy pronto, al participar en el primer campeonato nacional, en 1902.

Y no podría haber un club más apropiado para el multifuncional Georg Paul Hermann Friese, ciudadano de Hamburgo que llegó a Brasil a los 21 años. Ya había sido campeón de Alemania como corredor de los 1.500 m lisos, y compaginaba ambas modalidades. Sobre el césped, fue máximo goleador de los primeros Campeonatos Paulistas y llegó a ser descrito como “el jugador más sensacional de todos los tiempos” en una crónica del periódico O Estado de S. Paulo.

Por lo menos, de aquellos tiempos. Más concretamente, hasta 1909. Ése fue el año en el que, también como entrenador, Friese dio la alternativa a la primera estrella brasileña: Arthur Friedenreich, mulato nieto de un alemán que emigró tras la Primavera de los Pueblos y fue uno de los fundadores de Blumenau, según el reportero Luiz Carlos Duarte, autor de un libro sobre el mítico personaje. Esta figura, apodado El Tigre por los uruguayos, inició su carrera en el Germânia, y jugaría en varios equipos, hasta colgar las botas en 1935, con 43 años.

El Germânia fue obligado a cambiar de nombre debido a la participación de Brasil en la Segunda Guerra Mundial, en el bando de los Aliados. Getúlio Vargas impulsó una represión a las entidades vinculadas al Eje, y los clubes deportivos figuraban entre sus principales objetivos. El Palestra Itália se convirtió en el Palmeiras, y el club de origen alemán pasó a ser el Pinheiros, que tiene hoy en día un abultado palmarés en otros deportes, como el baloncesto, el judo y la natación.

De cualquier forma, aunque Friese y Friedenreich representaban un comportamiento más artístico dentro del campo, el fútbol que se desarrolló en los clubes del sur, también con innegable influencia de las comunidades rioplatenses, es reconocido ahora por su fuerza y disciplina defensiva, aunque Ronaldinho Gaúcho quizás sea la excepción que confirma la regla.

En el otro lado
Esa diferenciación generalizada entre el fútbol practicado por los jugadores del estado de Rio Grande do Sul y el resto de los brasileños roza la ironía con las siguientes declaraciones de Paulo Rink en un artículo para la revista FIFA Weekly: “En Brasil me beneficié sobremanera de mis condiciones físicas: marqué de cabeza el 70% de los goles. Curiosamente, en Alemania ocurrió todo lo contrario: el 70% de mis goles en la Bundesliga fueron con los pies. En otras palabras: un jugador que en Brasil destaca por su poderío físico, pasa a ser un futbolista más técnico en Alemania”.

Rink no es de Rio Grande do Sul. Nació en Curitiba, capital de Paraná, también de ascendencia alemana —su bisabuelo había llegado de Heidelberg—, y triunfó en un emergente Atlético Paranaense antes de dar el salto a la Bundesliga, en la que jugó con el Bayer Leverkusen entre 1997 y 2001, para después competir con el Núremberg y el Energie Cottbus. Fue una época en la que los clubes alemanes no dudaban en fichar brasileños. Sólidos veteranos como Dunga y Jorginho acabaron abriendo el camino para innumerables apuestas seguras como Elber, Lúcio, Juan, Zé Roberto, Emerson, Amoroso y, más recientemente, Dante.

Una década antes que Cacau, Rink fue el primer brasileño convocado por Alemania. Jugó la Copa FIFA Confederaciones 1999, la UEFA EURO 2000 y amistosos. “La primera llamada para jugar con la selección alemana no tardó mucho en llegar. Sin embargo, aquella convocatoria me planteó una profunda cuestión de conciencia. ¿Debía jugar con Alemania, y enterrar para siempre mi sueño de la infancia de representar algún día a la Seleção? Pasé varias noches en vela. Tomé la decisión desde la razón. Al fin y al cabo, no tenía nada que perder, porque se trataba de elegir entre dos grandes potencias futbolísticas a nivel mundial. Esto hizo que muchos brasileños vieran lógica mi decisión”, escribió el exdelantero, ahora concejal en Curitiba.

Rink recordó que un estudio realizado por la revista Kicker en aquella época indicaba que el 78% de los hinchas alemanes querían que siguiese en la base de la selección, que se recompondría para la Copa Mundial de la FIFA 2002. No obstante, acabó cayéndose de la lista. Así escapó de enfrentarse, imaginémoslo, a Brasil en una histórica final, la primera y única en la que se han cruzado estos dos pesos pesados que, por separado, habían estado en todas las finales mundialistas entre 1954 y 1998, excepto la de 1978 (Argentina-Países Bajos).

Entre Rink y Cacau, Alemania también conoció a Kevin Kuranyi, un carioca que, a decir verdad, es ciudadano del mundo: tiene nacionalidad brasileña, alemana, panameña y húngara. En su infancia y adolescencia, jugó en el Serrano FC, de su Brasil natal, y en dos clubes panameños, antes de fichar por el Stuttgart. Participó con Alemania en diversos torneos, pero también se quedó fuera del Mundial que los germanos disputaron en casa.

Así, Cacau rompió barreras al ser incluido en la convocatoria definitiva de Loew en 2010. Otro aspecto que lo diferencia de Rink y Kuranyi es el hecho de no tener ascendencia alemana. El Palmeiras decidió prescindir de él cuando tenía 16 años, y trabajó como vendedor ambulante hasta que se le abrió una puerta inesperada en su adolescencia. Un conocido que vivía en Múnich lo recomendó al Türk Gücü, club de la quinta división regional bávara. Y ya sabemos lo que dio de sí. El delantero progresó y llegó a ser considerado para la selección, a pesar de las dificultades esperadas.

Ésta es la situación actual: puede que ya no haya motivos para la extrañeza que causaba antes una fusión germano-brasileña. Y mucho menos en el fútbol, como explica Cacau. “Para los brasileños, el desparpajo y la flexibilidad son características muy importantes, porque pueden ayudarte en situaciones determinadas. Los alemanes, en cambio, priman el orden por encima de todo. Yo siempre intento quedarme con lo positivo de ambas mentalidades. Creo que es la combinación perfecta”.

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